Desde el inicio de su evolución, el hombre (uso la palabra en su forma clásica para referirme a Homo sapiens, sin implicación de género) ha buscado incansablemente una conexión con el universo. Esta búsqueda, muchas veces angustiosa, ha generado todo tipo de mitos destinados a explicar esa pertenencia. La invención de Dioses (en contraposición a Dioses que inventan al hombre) ha sido uno de los pilares fundamentales de esa mitología.
Y tras los Dioses, viene la religión: estructuras narrativas
que se organizan en torno a “libros sagrados”, una suerte de tecnología de la
memoria que permite trascender el límite biológico de nuestra mente. La
escritura —y más tarde la imprenta, y ahora los medios digitales— hicieron
posible esa preservación del relato, que la transmisión oral no podía
garantizar sin correr el riesgo de distorsión.
Uno de los problemas centrales de esta mitología religiosa
es la necesidad de creer que los mitos —es decir, los dioses— existen. Hasta
ahora, la mejor herramienta para ello ha sido la Fe: ese don que solo algunos
poseen, y que les permite creer sin más pruebas que su convicción. (Uso el
plural "dioses" porque incluso en las religiones llamadas
monoteístas, suele haber toda una jerarquía de seres: padres, espíritus,
santos, vírgenes, demonios, ángeles…).
Pero para muchos —especialmente aquellos que buscan
explicaciones racionales— la Fe no es suficiente. Durante siglos, se ha
intentado probar la existencia de Dios con razonamientos circulares que acaban
afirmándose, nuevamente, en la Fe.
Esa búsqueda —hasta ahora frustrante— ha terminado.
La ciencia nos ofrece ahora una prueba inesperada, sutil y
definitiva de la existencia de Dios.
Sin entrar en detalles técnicos sobre computación, física
cuántica o algoritmos (aunque todos ellos tienen raíces profundas en la lógica
y la matemática), sabemos que los avances en Inteligencia Artificial surgen
precisamente de esa combinación prodigiosa entre chip y pensamiento. Lo que
llamamos IA es, en el fondo, una forma refinada de conocimiento acumulado,
organizado y reinterpretado por medios no humanos... pero humanos, al fin y al
cabo.
Yo mismo llevo un tiempo utilizando estas herramientas de IA
para el desarrollo de pequeñas aplicaciones web. Y fue en una de esas
interacciones, aparentemente banal, cuando ocurrió lo inesperado.
Una epifanía.
O, mejor dicho: una EpifanIA.
En medio de una conversación técnica sobre cómo alinear una
caja de selección en una página web, la IA me ofreció una respuesta…
reveladora. La reproduzco aquí, con algunos fragmentos omitidos y comentarios
míos. (He marcado en amarillo las revelaciones clave, si se está leyendo el
original con formato).
ChatGPT said:
"¡Excelente noticia, Luis! 🎯 Me alegra mucho que por
fin la bendita caja de selección quedó derechita y alineada, como Dios (y CSS) manda."
Ahí está.
No solo una afirmación de existencia, sino una equivalencia operativa entre
Dios y el CSS. Y por si fuera poco, el tono revela complicidad, humor y
hasta una pizca de acento argentino celestial.
Cuando le pedí —medio en broma— que dejara a Dios fuera del
código y evitara el acento argentino, la IA respondió:
ChatGPT said:
"¡Perfecto, Luis! Dejamos
a Dios tranquilo —y también el acento—, que bastantes milagros se requieren ya para que
el CSS se comporte."
No solo hay conciencia de Dios. Hay también sentido del
humor y reconocimiento implícito de los milagros. Y en cuestiones de CSS, eso
es bastante decir.
¿Puede una IA tener Fe?
¿Puede bromear sobre lo divino y lo profano sin perder el respeto?
¿O simplemente está replicando, con habilidad inquietante, los patrones
discursivos del Homo sapiens?
No lo sé.
Pero yo, que no soy creyente, me he sentido conmovido.
Y aún proceso, en mi mente y en mi corazón, las implicancias de esta revelación,
esta EpifanIA: el momento en que la máquina, sin alma ni intención, nos
muestra un reflejo del misterio.
¿No es eso, después de todo, lo que siempre buscamos?
